Y pasó algo que no vas a creer - le dijo el duende a la ninfa, que hasta se había dejado abrazar por el duende. La ninfa lo miró con sus ojazos negros, sorprendida.
El gato gris se lleno de una luz azulina, brilló entero, y tomó entonces ese hermoso color azul, el que tiene ahora”.
-¡¡¡Pero como me dices gato gil que te enamoraste de la luna!!!!- le gritó Sebastián indignado – Los gatos nos enamoramos de gatas, ¡cabrón!
El Gatoazul, que así se hizo llamar ahora, estaba resplandeciente, y lucía orgulloso su nuevo color.
- ¡¡¡Y mira el color que tenís!!! Cresta, los gatos somos blancos, negros, cafés, colorines como yo, mezclas…¡¡¡¡Pero no azules!!! - Gritó indignado.
- Me enamore no más - le dijo calmo, mientras guardaba sus pocas pertenencias: un viejo chaleco de lana donde dormía y su pelota de trapo, que algún humano caritativo le regaló alguna vez.
Sebastián lo acompañó hasta la última casa vieja.
- Tú sabes viejo amigo, si se te pasa esta locura, te recibiremos como siempre, yo cuidaré tu tejado del gato de los López.
- No te preocupes Sebas, yo estaré mejor que todos.
Y se dieron un fuerte abrazo gatuno.
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